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Busco niñera

Dejar a nuestros hijos por razones laborales ya es difícil, dejarlos al cuidado de alguien ajeno a la familia lo es aún más. Pero no siempre contamos con familiares cercanos para hacerse cargo de los niños y debemos comenzar la búsqueda.

Encontrar una “niñera” que nos brinde la seguridad y confianza necesaria para poder irnos tranquilas, dejando en sus manos lo más importante de nuestras vidas no es algo muy sencillo. La elección de la persona para esta función es todo un desafío, aunque no una misión imposible.

En primer lugar, es fundamental que se adapte a las características y  necesidades de nuestra familia: porque no es lo mismo ocuparse de un bebé que de niños grandes, de uno, dos o tres, un par de horitas o toda la tarde.

Por otro parte, tenemos que ser exigentes: tiene que ser una persona responsable, predispuesta, empática, cariñosa, de buen ánimo y humor, porque es imprescindible que nuestros hijos se sientan a gusto con ella.

Y también pueden resultar de utilidad las entrevistas previas, las referencias comprobables o recomendaciones, la experiencia previa, las evaluaciones psicológicas y médicas, cortos períodos de tiempo al principio para favorecer la adaptación, puede ser con nosotras en casa para evaluar su desempeño y cualquier otro recurso o estrategia que se nos ocurra para encontrar la persona idónea.

Cada familia elaborará el perfil de la candidata para ese puesto en su hogar, pero es de importancia tomarse el tiempo necesario para realizar la selección. En el medio, lucharemos con algunos de nuestros miedos, fantasmas e incertidumbres. Los primeros días nos iremos temerosas, intranquilas y culposas. Y siempre estaremos alertas y atentas al bienestar de nuestros niños.

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Los hermanos sean unidos…

Cuando nació mi segundo hijo, pensaba que la relación con su hermana mayor iba a ser tranquila, armónica, afectuosa. Y lo es, muchas veces. Pero otras tantas, se evidencia una rivalidad entre ellos que no me gusta y me estresa. Las peleas en el asiento trasero del auto, los problemas por la computadora y las discusiones a la hora de comer forman parte de mi vida cotidiana (y supongo, o espero, la de cualquier familia).

Haga lo que haga, el conflicto es inevitable. Y esperar a que se lleven bien todo el tiempo me parece poco realista. Así que lo mejor es aceptar el asunto y ponerse a trabajar en familia para enfrentarlo.

¿Por qué se pelean? Por todo. Hasta porque uno miró al otro, pasó por al lado y lo tocó, se sentó en el lugar de la mesa que él quería… son indefinidos (e incluso delirantes) los motivos. O sea, se pelean por todo y por nada. Por pelearse. Por llamar la atención. Por defender su lugar dentro de casa. Entonces, creo, que afrontar la problemática es enseñarles y explicarles que no es necesario pelear para resolver las cosas, menos agredirse; que es importante hablar, estimular el diálogo…

No pretendo que se lleven como las Hermanas Ingalls. Pero tampoco como Tom y Jerry. Me muero de amor cuando los veo compartir, jugar juntos; cuando se cuidan o se defienden ante otros niños; cuando la mayor ayuda al más chiquito con las cosas del jardín…

Pienso que los hermanos juegan un papel muy importante y positivo en la vida de un niño. Son los primeros lazos, con los que se aprende a compartir, a relacionarse… Yo quería que mis hijos tuvieran hermanos, que tuvieran la experiencia del amor fraterno. Pero éste incluye la ambivalencia de sentimientos y hace que la disputa sea parte del vínculo. Todos los que tenemos hermanos lo sabemos muy bien.

Tachín, Tachín, Tachín… ¡Vamos al Jardín!

El paso de nuestros hijos por el Jardín es una vivencia llena de emociones. Se habla mucho (y sabemos de qué se trata o hemos padecido) sobre el proceso de “adaptación”, en el que el pequeño se va insertando a un espacio desconocido, se va incluyendo en una nueva rutina y se va separando progresivamente de su familia. Pero poco se dice de la adaptación que las madres debemos realizar, las situaciones nuevas a las que nos enfrentamos, las insólitas experiencias que debemos atravesar, los nuevos vínculos que entablamos y todo lo que ni siquiera imaginábamos que comienza a formar parte de nuestras vidas.

La seño. La típica maestra jardinera es como Panam o Caramelito (no físicamente, señores). Me refiero a que se dirige a los padres como a niños de 2 años. Siempre con una sonrisa. Y nunca te va a llamar por tu nombre, para ella sos “Mami”. La mayoría de estas mujeres merece el Premio Nobel de la Paciencia.

Los compañeritos. Los primeros amigos, enemigos y amores de nuestros pequeños están entre los compañeros del Jardín. Pueden hablar toda la tarde sobre lo que hizo su amigo admirado, quién es su “novia” o quién lo empujó en el tobogán. Estas historias son parte de las conversaciones diarias con nuestros niños.

Las notitas. “Mami: para el proyecto “Hacemos un robot con material de desecho” debo traer al jardín una caja de televisor 29” (no LCD), 20 tubos de cartón de papel higiénico (sin papel), goma eva, lanas, retazos de tela, lentejuelas, botones y todo lo que tengamos en casa para decorar, en una bolsa gigante con nombre, sin falta para mañana.” Tenés que salir corriendo. Ya.

Las mamis. Los niños socializan, las madres también. Te encontrás con las mismas mamás dos veces al día durante años, compartís charlas, intercambiás opiniones sobre lo mal que se porta Fulanito, copiás ideas para los cumples, te enterás en qué librería está a mejor precio el libro de inglés… Dónde hay muchas mujeres hay lío, obvio, pero también podés hacer buenas amigas, con las que compartís un gran interés común.

Las fiestitas. No sólo bailan y se disfrazan los chicos. No. Hay que perderle miedo al ridículo porque para el Día del Niños, Primavera o Fin de Año seguro te toca vestirte de Osito Cariñosito o aprenderte la coreo de Topa. ¿Puede ser peor? Si. ¡Alguien sube fotos y video a Facebook!

A todo eso y mucho más debemos adaptarnos. Pero, sin dudas, los años que pasamos con nuestros hijos en el Jardín de Infantes dejan hermosos recuerdos.

De Princesas y Superhéroes

Un segundo hijo es, sin dudas, una experiencia diferente. Una ya no tiene la misma edad, ni el mismo tiempo, ni los mismos miedos de primeriza. Es otra maternidad.

Con mi primera hija estaba muy cómoda en el rol de “mamá de nena”. Pero, como la vida se empecina en desestructurarme, el segundo fue un varón. Por los tanto, se agregaron algunas otras diferencias…

Acostumbrada a pasar horas con mi pequeña dibujando, coloreando, haciendo pulseritas y pintándonos las uñas, un buen día, me encontré con la máscara de Spiderman jugando a la “lucha” con el Mini Capitán América… Patadas, empujones, saltos y mucha, pero mucha, ¡transpiración!

A la hora de salir, él con jean, remera y zapatillas está listo para cualquier ocasión. Ella puede pasar un largo rato decidiendo si va con calza o pollerita, ¿o mejor vestido?, si sandalias o guillerminas, si combina, si lleva cartera… (Sí, ella decide)

El hecho de invitar amigos a casa también evidencia cierta desemejanza. Ellas requieren más atención, se aburren más fácilmente, se generan más conflictos. A ellos, les das una pelota ¡y tenés la tarde solucionada!

Pero, la más sorprendente, es la diferencia en el sentido del humor. Los varones se pueden reír horas sobre temas escatológicos. Tienen una extraña predilección por los chistes que incluyan temas de gases, eructos y otros. (“¡Qué asqueroso!” Diría mi delicada niñita)

Mi tierna mi princesa y mi inquieto superhéroe… Dos vivencias disímiles. Dos vínculos distintos. Dos maternidades. Dos aprendizajes… Un Amor Intenso.

4… 3… 2… 1… ¡Arrancamos!

Toda la última semana forré cuadernos, pegué etiquetas, enumeré hojas, intenté poner contact sin burbujas y fracasé como todos los años, puse nombre a lápices y fibras, armé mochilas, planché uniformes… y llegó el día: ¡Empezaron las clases!

Comenzó la rutina. Y con la vuelta de los chicos a la escuela, la casa entera vuelve a su ritmo. Pero cuesta bastante reacomodarse…

¿Voy a volver a estar a las corridas? Sí rotundo.

¿Este año, por fin, van a coincidir los horarios de uno con los del otro? No lo creo.

¿Cómo hago para organizar horas de clase, pre-hora, post-hora, contraturno, idioma, deporte, comida, casa, marido, trabajo y tal vez un ratito para pintarme las uñas? Ni idea.

Todos los años colapso en marzo. Pero por suerte para abril ya me adapté y todo fluye.

Un año más. Y con el comienzo del ciclo lectivo tomo conciencia de lo rápido que pasa el tiempo y la velocidad con la que mis hijos crecen.

Parece que fue ayer cuando los dejé por primera vez en la Salita de Maternal y me fui con un nudo en la garganta, llena de miedos, dudando si no eran muy chiquitos, si iban a estar bien, ¿si lloraban y yo no estaba para consolarlos?

Hoy, ya no quieren que los lleve de la mano hasta la puerta del salón, me piden entrar solos y si me descuido se van corriendo con los amigos sin saludarme…

Disfruto mucho verlos crecer, pero a la vez me cuesta soltarlos.

Les saco la foto. Yo emocionada, ellos felices. Con las zapatillas de un blanco brillante que no volveremos a ver el resto del año. Mochilas llenas de expectativas. Beso a mami. Y a la escuela. ¡Buen comienzo!

“El nene no (me) come”

Que mi pequeño se alimente correctamente es un desafío diario que me genera los más variados y ambivalentes sentimientos: desde la más desesperada preocupación y la más profunda frustración hasta la enorme satisfacción de verlo masticar dos pedazos de carne seguidos ¡sin escupir!

Por eso, he ido probando diferentes estrategias:

La Amenaza: “Si no comés todo lo que está en el plato, no tenés computadora”

La Exageración: “Si tomás toda la leche vas a tener la fuerza del Increíble Hulk”

La Comparación: “Me contó la mamá de Ramiro que él sí se come toda la tarta de verdura”

La Imploración: “Dale, por favor, aunque sea sólo el pollito”

La Negociación: “Tomate toda la leche y después vamos a comprar el muñeco de Ben 10”

La Culpa: “¿No te vas a comer la comida que te hizo mami con tanto amor?”

Se me acaban las opciones, se me terminan las alternativas, ¡se me queman los papeles! Ya no sé qué decir, qué inventar, ¡cómo disfrazar unas verduritas para que parezcan un pancho!

No me resigno, tengo tanto miedo a que no crezca sano, que le falten nutrientes, que se enferme…

Pero está saludable, no solamente lo dice el Pediatra: Mirá cómo corre y no para, no se queda quieto; cómo grita y se ríe a carcajadas; cómo juega todo el tiempo…

La comida no es su prioridad. Está absolutamente comprobado que ninguna de las estrategias funciona. Pero, principalmente, está comprobado que no “me” come porque no come para mí, para calmar mi ansiedad. Come cuando tiene hambre. Simple.

¿Para qué juegan los niños? Hoy escribe la Lic. Solange Zafran

Sabemos de la importancia del juego en los chicos. Nos lo dicen los pediatras, las maestras, en la televisión, las psicopedagogas, y también las psicólogas. Pero pocas veces nos lo pusimos a pensar realmente.

El juego es cosa “seria” para ellos. Si bien es lo más divertido, también es lo que a veces los acompaña, les permite transitar momentos difíciles, incluso elaborarlos, y otras tantas suplir funciones que faltan, y cerrar procesos que han quedado a medio camino.

Los vemos jugar a la “mamá y el papá”, armar escenas “del té”, abrazar y darles de comer con amor a los bebés, pero también pegarles a sus muñecos, sacarles las partes del cuerpo, gritarles que dejen de llorar, transformarse en doctores que operan o que curan heridas. Situaciones que a veces reflejan lo que viven, otras los que les gustaría vivir y otras tantas ya pasadas que dejaron su huella.

Nuestros niños, que no disponen de la palabra como los adultos, cuentan (¡si todo va bien!) con el juego para poder hacer algo con todo ello. Por eso, ofrecerles espacios de juego, juguetes y el tiempo para esto tiene un valor inmenso.

Entonces que nuestros hijos jueguen ya deja de tener tan solo el valor de divertirse, pasar el rato o dejarnos un tiempo libre para que hagamos nuestras cosas.

El juego es estructural y estructurante de la infancia, acompañarlos en esta “verdadera tarea” es darles el lugar de niños y abrirles la posibilidad de que sigan “trabajando en sus cosas, cosas de chicos”.