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Busco niñera

Dejar a nuestros hijos por razones laborales ya es difícil, dejarlos al cuidado de alguien ajeno a la familia lo es aún más. Pero no siempre contamos con familiares cercanos para hacerse cargo de los niños y debemos comenzar la búsqueda.

Encontrar una “niñera” que nos brinde la seguridad y confianza necesaria para poder irnos tranquilas, dejando en sus manos lo más importante de nuestras vidas no es algo muy sencillo. La elección de la persona para esta función es todo un desafío, aunque no una misión imposible.

En primer lugar, es fundamental que se adapte a las características y  necesidades de nuestra familia: porque no es lo mismo ocuparse de un bebé que de niños grandes, de uno, dos o tres, un par de horitas o toda la tarde.

Por otro parte, tenemos que ser exigentes: tiene que ser una persona responsable, predispuesta, empática, cariñosa, de buen ánimo y humor, porque es imprescindible que nuestros hijos se sientan a gusto con ella.

Y también pueden resultar de utilidad las entrevistas previas, las referencias comprobables o recomendaciones, la experiencia previa, las evaluaciones psicológicas y médicas, cortos períodos de tiempo al principio para favorecer la adaptación, puede ser con nosotras en casa para evaluar su desempeño y cualquier otro recurso o estrategia que se nos ocurra para encontrar la persona idónea.

Cada familia elaborará el perfil de la candidata para ese puesto en su hogar, pero es de importancia tomarse el tiempo necesario para realizar la selección. En el medio, lucharemos con algunos de nuestros miedos, fantasmas e incertidumbres. Los primeros días nos iremos temerosas, intranquilas y culposas. Y siempre estaremos alertas y atentas al bienestar de nuestros niños.

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Ser mamá. Ser sensible

Imposible no estremecernos ante actuales noticias crueles. Imágenes trágicas. Tristes. Niños que sufren. Vidas duras. Familias desgarradas. Comentarios violentos.

Después de tener hijos, o antes incluso, desde el embarazo, sentimos que se agudiza nuestra sensibilidad. Sobre todo, hacia los niños y las madres, por identificación. Nos encontramos con una enorme capacidad de conmovernos, desconocida con anterioridad, que nos comienza a acompañar constantemente.

Ya no se trata sólo de un llanto sin motivo alguno o por causas ridículas (vistas a la distancia), de las que suelen ser responsables nuestras amigas las hormonas, sino de consciencia sobre el milagro cotidiano de la vida, preocupación por todo lo humano y comprensión emocional de los otros.

Nuestra peculiar vocación a la maternidad, la posibilidad diaria de disfrutar de nuestros pequeños, la prueba incesante de lo que significa el Amor, nos hace seres sensibles. No importa cuán racionales, lógicas y prácticas nos creamos.

Esta sensibilidad, poco tiene que ver con la debilidad. Aunque esta última también es necesaria como equilibrio de la fortaleza que caracteriza al Ser madre.

No podemos menos que sentir un dolor inmenso en lo más profundo de nuestras almas. El sufrimiento y la inocencia de la infancia no son compatibles. No es justo y es intolerable.

El bolso de mamá

¿Cómo reconocer fácilmente a una madre? ¿Por la cara de cansada? ¿las uñas sin pintar? ¿las huellas de manitos con chocolate en la ropa? No. ¡Por las cosas que lleva en su bolso!

La cartera es una fiel compañera de todas las mujeres. Y, como siempre digo, la maternidad modifica todo… hasta el tamaño y la funcionalidad del bolso que nos acompaña a todas partes. Con niños, ya no podemos salir con una bandolerita, llave, celu y dinero. Debemos preparar montones de cosas, porque no se sabe en qué momento las podemos necesitar, porque queremos tener todo bajo control y porque alguna de esas cosas pueden salvarnos de colapsar. Más vale prevenir.

Durante el embarazo, ya empezamos a pensar en el “bolso”, lo tenemos listo unos meses antes y no nos abandonará por largo tiempo.

Al principio, llevamos pañales, cambiador, mamaderas, chupetes, leche y demás. Y a medida que nuestros hijos van creciendo, algunas cosas ya no las vamos precisando, pero se van incorporando otras. ¿Cómo? Por la experiencia: La primera vez que el niño corre por todo lados mientras vos estás en plena cola para hacer un trámite, aprendés que es imprescindible contar con algún juguetito o un par de dulces extorsionadores. Al rato, te das cuenta que necesitás una botellita con agua porque le dio sed. Después, requerís algo para limpiarle las manitos pegoteadas. Y así. Entonces, aunque ya no uses el bolso de maternidad, todos esos elementos deben entrar en tu cartera.

También pañuelos descartables, papel higiénico, toallitas húmedas, antibacteriales, alcohol en gel, repelente para mosquitos, muda de ropa, abrigo, algún antifebril, termómetro, curitas, esas cremas cicatrizantes y esas para las picaduras, algodón, galletitas…

Salir con niños no es tarea fácil. Pero aquí estamos, las madres, equipadísimas con sus enormes carteras para hacer frente a cualquier circunstancia.

Había una vez una casa con niños…

La llegada de los hijos modifica nuestras vidas, nuestros tiempos, nuestras prioridades. Modifica todo. También nuestros hogares. Parece que ya no predomina lo estético sino lo seguro, ya no prevalece lo meticuloso sino lo funcional y por supuesto, no se destaca el silencio sino las vocecitas, los dibujitos en la tele y las canciones infantiles.

Con niños en casa, de lo primero que nos despedimos es de los adornos frágiles u objetos rompibles. Las opciones son: ubicarlos a más de un metro y medio o guardarlos para cuando ellos tengan más o menos 20 años.

La decoración se va transformando progresivamente. Se hace cada vez más colorida, llamativa, estimulante, “surrealista” le podríamos decir. En vez de cuadros, collages que los chicos traen del jardín. En lugar de esculturas, la colección de los muñecos de la Cajita Feliz. En el sofá, haciendo las veces de almohadón, un hermoso Minion de peluche.

Sin dudas, la limpieza y el orden también sufren una variación. En primer lugar, porque ya no disponemos de las mismas horas para dedicarle (aunque no hay tiempo que alcance con criaturitas dando vueltas por la casa con galletitas en sus manos, caramelos masticables, plastilinas, crayones o cualquier otra arma letal). Y en segundo lugar, por el esparcimiento de objetos que los niños realizan. Estoy convencida que disfrutan más de desparramar los juguetes que de jugar con ellos. Podemos estar media hora, en posición de cuadrupedia, juntando y acomodando los ladrillitos, hasta que el pequeño se percate de que terminaste para dar vuelta el balde con una sonrisa diabólica.

Además si hay algo de lo que realmente nos preocupamos, es de hacer de nuestra casa un lugar seguro para las personitas que más nos importan. Para eso, colocamos tapitas en los enchufes, topes en las puertas, protectores en las esquinas de los muebles, barandas y demás. Paulatinamente, observando y estando alerta de los riesgos, construimos una vivienda “a prueba de niños”, sin miramientos por lo bello a la vista.

Pero, también, nuestra casa se convierte en un lugar lleno de vida, de alegría, al que queremos volver después de un día agitado a abrazar a nuestros inquietos y ruidosos retoños.

Hogar dulce hogar.

Con la maternidad se pierde… ¡El asco!

Antes de ser mamá, jamás me hubiese imaginado las cosas asquerosas que hice (y a veces todavía hago) por mis hijos, que sin dudas no haría por ninguna otra persona y que incluyen vómitos, mocos y demás fluidos corporales. Inclusive me llamaba mucho la atención que las madres hablaran con tanta naturalidad de estos temas, hasta que un día me encontré a mí misma describiendo detalladamente la consistencia, el color y el olor de la caca de mi bebé.

Hasta empezó a sucederme que ciertas cuestiones que con anterioridad me parecían repugnantes, me comenzaron a causar gracia o risa, como las veces que mi hijo me mojaba con su chorrito de pis mientras le cambiaba el pañal. También, satisfacción y tranquilidad: por ejemplo cuando el bebé estaba molesto o inquieto y por fin lograba hacer “provechito” o largar un “gasesito”.

Entonces, la maternidad es un camino en el que una vive situaciones inmundas y, sin embargo, las naturaliza.

Una se acostumbra a salir de casa con la ropa en la que el babé regurgitó la leche, con ese olor agrio que ya no percibimos. Y se habitúa a cambiar y lavar varios juegos de sábanas en las que el niño descompuesto vomitó consecutivamente durante la misma noche. Y se adapta a limpiar pis y caca del piso cuando el pequeño está dejando los pañales.

Los ejemplos pueden ser miles, pero queda de manifiesto que son tantas las cosas que pensamos que nunca haríamos, hasta que nos convertimos en madres y el amor por nuestros chiquitos nos cambia todo.

Mamá Intensamente

Creo que la maternidad es una oscilación constante de emociones, algunas de las cuales son nuevas y aparecen con el “ser madre” y otras son ya conocidas pero se vivencian intensificadas.

Sin dudarlo, la primera es la Alegría, la Felicidad, que aparece tan sólo con la presencia de nuestros hijos y el Amor extraordinario que estas pequeñas criaturas despiertan en nosotras.

El Miedo, el Temor a que algo o alguien los dañe o los perjudique .

La Duda, la Inseguridad permanente si hacemos bien, si somos “buenas madres”, si las decisiones que tomamos son las mejores para ellos.

La Culpa, nuestra fiel compañera, que a veces nos hace sentir que podríamos hacerlo mejor o que lo que hacemos no es suficiente.

La Angustia, reacción ante lo desconocido, también nos acompaña desde el comienzo. Porque nadie nos enseña a ser mamás y vamos aprendiendo en cada paso.

Parecidas, la Pena y la Tristeza, cuando uno de nuestros chiquitos se enferma, o sufre por algo, llora o está afligido.

La Sorpresa, la Admiración con la que vivimos cada uno de sus pequeños grandes logros.

El Enojo, la Ira, otra emoción natural, básica, que en ciertas ocasiones nuestros hijos despiertan. Tal vez con ellos, tal vez con nosotras mismas.

El Orgullo, la Satisfacción de verlos crecer sanos, felices, buenos amigos y compañeros, genuinos, curiosos…

La Frustración, la Impotencia de querer cumplir con todo, hacer todo bien, todo perfecto y no poder, por supuesto, porque nadie puede, porque no es real.

“Ser mamá” es esta explosión emocional, de sentimientos variados y sensaciones intensas. No todo es lindo, ni color de rosa, ni de publicidad. Pero es maravilloso.

Mamá, ¿de dónde vienen los bebés?

Llega un día en el que tu pequeño te comienza a hacer preguntas sobre sexualidad y los primeros interrogantes te sorprenden mientras estás sacando la comida del horno: “¿Vos también tenés pito como papá?” “¿De dónde nací?” “¿Cómo llegué a tu panza?” “¿Por dónde salí?”. Y mucho más, porque su curiosidad es natural, quieren saber, necesitan preguntar.

Tal vez uno ya había pensando que debía hablar de sexo con los niños y haya planificado una charla en la que les brindaría toda la información necesaria de una sola vez y para siempre. Pero no. Primero, porque es una conversación que se va dando permanentemente a lo largo de la vida y, segundo, porque sus cuestionamientos aparecen mucho antes de lo que nos imaginábamos y nos plantean todo un desafío.

La vida cotidiana nos brinda muchas oportunidades para responder los interrogantes de nuestros hijos: el embarazo de alguien del entorno y el nacimiento de un bebé, los momentos del baño y las diferencias anatómicas entre los sexos, la información que a veces reciben de la tele, etc.

Puede ser que nos surja angustia sobre qué decir y cómo decirlo, cuánta información ofrecerles, qué datos son necesarios y cuáles no. Y, también, puede ser que nos sintamos incómodos, que nos dé vergüenza. Es normal. Hay que admitirla.

Lo importante es que podamos responderles. Sobre todo, con información cierta, concreta, precisa, útil. Siempre de acuerdo con la edad y permitiéndoles que sigan preguntando hasta que estén satisfechos con la respuesta. Lo que queremos es que sepan que en todo momento pueden recurrir a una fuente confiable para resolver sus dudas: mamá y papá.