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Busco niñera

Dejar a nuestros hijos por razones laborales ya es difícil, dejarlos al cuidado de alguien ajeno a la familia lo es aún más. Pero no siempre contamos con familiares cercanos para hacerse cargo de los niños y debemos comenzar la búsqueda.

Encontrar una “niñera” que nos brinde la seguridad y confianza necesaria para poder irnos tranquilas, dejando en sus manos lo más importante de nuestras vidas no es algo muy sencillo. La elección de la persona para esta función es todo un desafío, aunque no una misión imposible.

En primer lugar, es fundamental que se adapte a las características y  necesidades de nuestra familia: porque no es lo mismo ocuparse de un bebé que de niños grandes, de uno, dos o tres, un par de horitas o toda la tarde.

Por otro parte, tenemos que ser exigentes: tiene que ser una persona responsable, predispuesta, empática, cariñosa, de buen ánimo y humor, porque es imprescindible que nuestros hijos se sientan a gusto con ella.

Y también pueden resultar de utilidad las entrevistas previas, las referencias comprobables o recomendaciones, la experiencia previa, las evaluaciones psicológicas y médicas, cortos períodos de tiempo al principio para favorecer la adaptación, puede ser con nosotras en casa para evaluar su desempeño y cualquier otro recurso o estrategia que se nos ocurra para encontrar la persona idónea.

Cada familia elaborará el perfil de la candidata para ese puesto en su hogar, pero es de importancia tomarse el tiempo necesario para realizar la selección. En el medio, lucharemos con algunos de nuestros miedos, fantasmas e incertidumbres. Los primeros días nos iremos temerosas, intranquilas y culposas. Y siempre estaremos alertas y atentas al bienestar de nuestros niños.

Trabajo vs. Maternidad

Amo ser mamá, decidí serlo y lo disfruto mucho. También elegí una carrera, me gusta mi profesión, quiero trabajar y desarrollarme en ella. Pero siento, a veces, que todo no se puede, que es muy difícil dividir el tiempo entre el trabajo y el rol de madre. Y pesa sobre mí cierta presión de querer cumplir con todo, no fallar y hacer todo perfecto: trabajar como si no tuviera hijos y criar a mis hijos como si no trabajara. Hasta he llegado a sentir que no hago lo suficientemente bien ninguna de las dos cosas.

Salir a trabajar y pasar varias horas al día fuera de casa, es una de las decisiones más importantes de mi vida. Decisión que reevalúo permanentemente porque hace que me cuestione si el tiempo que estoy con ellos es suficiente, si están bien mientras yo no estoy… Entonces aparece una de las mejoras amigas de las mamás: la culpa.

Pero la maternidad es full time, trabajes o no. Soy mamá las 24hs y durante mi jornada laboral pienso en mis hijos, me organizo para no faltar a la fiestita de la escuela, los llamo por teléfono, paso a buscar lo que le pidieron para el jardín apenas salgo, etc. O sea, no hay por qué sentir culpa. No los descuido. Me ocupo. Estoy presente aunque no esté. Y cuando llego a casa, comienza mi “segundo trabajo”: preparo comidas, lavo uniformes, ayudo con las tareas, los baño, miramos dibujitos, charlamos, jugamos…

La profesión, y el tiempo que le dedico a ella, me renueva el deseo de estar con mis hijos a la vez que me ocupo de mí misma, de lo que me gusta y me hace bien.

Entonces, estoy segura de que el trabajo y salir de casa con la maternidad no son opuestos sino compatibles… Y necesarios.

Feliz en tu día

El cumpleaños de un hijo: nada más y nada menos que celebrar el aniversario de su nacimiento, recordar el día en que llegaron al mundo y festejar la importancia de ese acontecimiento.

Y, además, es una fecha en la que parece que una etapa en el crecimiento se cierra para dar lugar a otra, destacando todos los logros y avances del año transcurrido.

Por eso, “la fiesta de cumple” es un ritual sumamente positivo que tiene como principal objetivo hacer que nuestro pequeño se sienta especial, agasajarlo…

Entonces, mamá llena muchas bolsitas con golosinas, hace una linda torta que poco se parece a las de Maru Botana, intenta manualidades que vio en internet, busca por todas las casas de cotillón la decoración del personaje favorito del cumpleañero, se estresa, quiere que todo salga bien, que los chicos no se maten en el castillo inflable y que su niño sople las velitas…. Pero, principalmente, que sea muy feliz.

Pienso que está bueno planificar una celebración de acuerdo a los gustos, la edad y la personalidad de nuestro hijo. También, hacerlo participar de la organización y los preparativos, aprovechando la oportunidad de compartir y divertirse.

Hay muchas maneras de festejar. No es indispensable hacer una fiesta gigante, ni alquilar el salón de moda, ni ser la mamá más original… Pero, creo, que sí es imprescindible disfrutarlo: el agasajado y nosotras. Después de todo, también se celebra un año más de nuestra experiencia en la maternidad.

Cara de fiebre: Cara de mamá preocupada

3 a.m.: Me despierto sin saber porqué. Voy a ver a los chicos. Uno con fiebre. No falla. (¿Instinto Materno?).

Entonces, empiezan días (y largas noches) de tos, mocos, termómetro, ibuprofeno y nebulizaciones…

Que duro es cuando nuestros hijos se enferman. Es una angustia indescriptible que se lleva por dentro, sin perder la tranquilidad y la sonrisa. Es una preocupación interna que va desde el primer 38°C hasta que cede el último síntoma. Es una sensación de impotencia, verlos decaídos, sin energía, sin hambre… y cuando son chiquitos, sin siquiera poder decirte con palabras qué les duele.

Pero una buena manera de compensar todo eso es con “Mimos Extremos” y comienzan jornadas enteras en la cama de mamá y papá, con pañito en la frente, mirando de nuevo la peli preferida y eligiendo la comida que tienen ganas de comer. También, adulaciones exageradas cuando se toman todo el remedio de supuesto sabor a frutilla y banana o puede ser la compra de un juguetito nuevo si se portan bien en el doctor. Además, busco cuentos, revistas, libros para colorear y me quedo horas con actividades tranquilas, intentando que hagan “reposo”.

Todo lo que pueda hacer para que se sientan un poquito mejor… Aunque parece que nada alcanza porque preferiría mil veces estar enferma yo y que ellos estén saltando, corriendo y gritando como siempre ¡Aunque me vuelvan loca!.

Tachín, Tachín, Tachín… ¡Vamos al Jardín!

El paso de nuestros hijos por el Jardín es una vivencia llena de emociones. Se habla mucho (y sabemos de qué se trata o hemos padecido) sobre el proceso de “adaptación”, en el que el pequeño se va insertando a un espacio desconocido, se va incluyendo en una nueva rutina y se va separando progresivamente de su familia. Pero poco se dice de la adaptación que las madres debemos realizar, las situaciones nuevas a las que nos enfrentamos, las insólitas experiencias que debemos atravesar, los nuevos vínculos que entablamos y todo lo que ni siquiera imaginábamos que comienza a formar parte de nuestras vidas.

La seño. La típica maestra jardinera es como Panam o Caramelito (no físicamente, señores). Me refiero a que se dirige a los padres como a niños de 2 años. Siempre con una sonrisa. Y nunca te va a llamar por tu nombre, para ella sos “Mami”. La mayoría de estas mujeres merece el Premio Nobel de la Paciencia.

Los compañeritos. Los primeros amigos, enemigos y amores de nuestros pequeños están entre los compañeros del Jardín. Pueden hablar toda la tarde sobre lo que hizo su amigo admirado, quién es su “novia” o quién lo empujó en el tobogán. Estas historias son parte de las conversaciones diarias con nuestros niños.

Las notitas. “Mami: para el proyecto “Hacemos un robot con material de desecho” debo traer al jardín una caja de televisor 29” (no LCD), 20 tubos de cartón de papel higiénico (sin papel), goma eva, lanas, retazos de tela, lentejuelas, botones y todo lo que tengamos en casa para decorar, en una bolsa gigante con nombre, sin falta para mañana.” Tenés que salir corriendo. Ya.

Las mamis. Los niños socializan, las madres también. Te encontrás con las mismas mamás dos veces al día durante años, compartís charlas, intercambiás opiniones sobre lo mal que se porta Fulanito, copiás ideas para los cumples, te enterás en qué librería está a mejor precio el libro de inglés… Dónde hay muchas mujeres hay lío, obvio, pero también podés hacer buenas amigas, con las que compartís un gran interés común.

Las fiestitas. No sólo bailan y se disfrazan los chicos. No. Hay que perderle miedo al ridículo porque para el Día del Niños, Primavera o Fin de Año seguro te toca vestirte de Osito Cariñosito o aprenderte la coreo de Topa. ¿Puede ser peor? Si. ¡Alguien sube fotos y video a Facebook!

A todo eso y mucho más debemos adaptarnos. Pero, sin dudas, los años que pasamos con nuestros hijos en el Jardín de Infantes dejan hermosos recuerdos.

De Princesas y Superhéroes

Un segundo hijo es, sin dudas, una experiencia diferente. Una ya no tiene la misma edad, ni el mismo tiempo, ni los mismos miedos de primeriza. Es otra maternidad.

Con mi primera hija estaba muy cómoda en el rol de “mamá de nena”. Pero, como la vida se empecina en desestructurarme, el segundo fue un varón. Por los tanto, se agregaron algunas otras diferencias…

Acostumbrada a pasar horas con mi pequeña dibujando, coloreando, haciendo pulseritas y pintándonos las uñas, un buen día, me encontré con la máscara de Spiderman jugando a la “lucha” con el Mini Capitán América… Patadas, empujones, saltos y mucha, pero mucha, ¡transpiración!

A la hora de salir, él con jean, remera y zapatillas está listo para cualquier ocasión. Ella puede pasar un largo rato decidiendo si va con calza o pollerita, ¿o mejor vestido?, si sandalias o guillerminas, si combina, si lleva cartera… (Sí, ella decide)

El hecho de invitar amigos a casa también evidencia cierta desemejanza. Ellas requieren más atención, se aburren más fácilmente, se generan más conflictos. A ellos, les das una pelota ¡y tenés la tarde solucionada!

Pero, la más sorprendente, es la diferencia en el sentido del humor. Los varones se pueden reír horas sobre temas escatológicos. Tienen una extraña predilección por los chistes que incluyan temas de gases, eructos y otros. (“¡Qué asqueroso!” Diría mi delicada niñita)

Mi tierna mi princesa y mi inquieto superhéroe… Dos vivencias disímiles. Dos vínculos distintos. Dos maternidades. Dos aprendizajes… Un Amor Intenso.

4… 3… 2… 1… ¡Arrancamos!

Toda la última semana forré cuadernos, pegué etiquetas, enumeré hojas, intenté poner contact sin burbujas y fracasé como todos los años, puse nombre a lápices y fibras, armé mochilas, planché uniformes… y llegó el día: ¡Empezaron las clases!

Comenzó la rutina. Y con la vuelta de los chicos a la escuela, la casa entera vuelve a su ritmo. Pero cuesta bastante reacomodarse…

¿Voy a volver a estar a las corridas? Sí rotundo.

¿Este año, por fin, van a coincidir los horarios de uno con los del otro? No lo creo.

¿Cómo hago para organizar horas de clase, pre-hora, post-hora, contraturno, idioma, deporte, comida, casa, marido, trabajo y tal vez un ratito para pintarme las uñas? Ni idea.

Todos los años colapso en marzo. Pero por suerte para abril ya me adapté y todo fluye.

Un año más. Y con el comienzo del ciclo lectivo tomo conciencia de lo rápido que pasa el tiempo y la velocidad con la que mis hijos crecen.

Parece que fue ayer cuando los dejé por primera vez en la Salita de Maternal y me fui con un nudo en la garganta, llena de miedos, dudando si no eran muy chiquitos, si iban a estar bien, ¿si lloraban y yo no estaba para consolarlos?

Hoy, ya no quieren que los lleve de la mano hasta la puerta del salón, me piden entrar solos y si me descuido se van corriendo con los amigos sin saludarme…

Disfruto mucho verlos crecer, pero a la vez me cuesta soltarlos.

Les saco la foto. Yo emocionada, ellos felices. Con las zapatillas de un blanco brillante que no volveremos a ver el resto del año. Mochilas llenas de expectativas. Beso a mami. Y a la escuela. ¡Buen comienzo!