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Busco niñera

Dejar a nuestros hijos por razones laborales ya es difícil, dejarlos al cuidado de alguien ajeno a la familia lo es aún más. Pero no siempre contamos con familiares cercanos para hacerse cargo de los niños y debemos comenzar la búsqueda.

Encontrar una “niñera” que nos brinde la seguridad y confianza necesaria para poder irnos tranquilas, dejando en sus manos lo más importante de nuestras vidas no es algo muy sencillo. La elección de la persona para esta función es todo un desafío, aunque no una misión imposible.

En primer lugar, es fundamental que se adapte a las características y  necesidades de nuestra familia: porque no es lo mismo ocuparse de un bebé que de niños grandes, de uno, dos o tres, un par de horitas o toda la tarde.

Por otro parte, tenemos que ser exigentes: tiene que ser una persona responsable, predispuesta, empática, cariñosa, de buen ánimo y humor, porque es imprescindible que nuestros hijos se sientan a gusto con ella.

Y también pueden resultar de utilidad las entrevistas previas, las referencias comprobables o recomendaciones, la experiencia previa, las evaluaciones psicológicas y médicas, cortos períodos de tiempo al principio para favorecer la adaptación, puede ser con nosotras en casa para evaluar su desempeño y cualquier otro recurso o estrategia que se nos ocurra para encontrar la persona idónea.

Cada familia elaborará el perfil de la candidata para ese puesto en su hogar, pero es de importancia tomarse el tiempo necesario para realizar la selección. En el medio, lucharemos con algunos de nuestros miedos, fantasmas e incertidumbres. Los primeros días nos iremos temerosas, intranquilas y culposas. Y siempre estaremos alertas y atentas al bienestar de nuestros niños.

A menudo los hijos se nos parecen

Las primeras visitas al sanatorio, a horas de nacido tu bebé, ya empiezan a preguntarse a quién se asemeja. Tal vez aún no se parezca a nadie, o mejor dicho, se parece a muchos otros recién nacidos, pero no falta la tía, la abuela o la madrina que expresa “es la cara del tío”, “tiene la misma nariz que el abuelo”, “los ojos del primo”. (Todo eso, mientras la parturienta piensa “si se parece a alguien es a mí, está todo hinchado, cansado y con ganas de que termine el horario de visita”)

A medida que van pasando los días, las semanas y los meses, ya se definen los rasgos y podemos reconocer semejanzas físicas más claramente. Fue ese el momento, por lo menos en mi caso, que tuve que aceptar que mis hijos son un clon del padre, a pesar de que fui yo quien los llevó nueve meses en la panza, engordé, fui al quirófano, nunca adelgacé, amamanté y otras tantas cosas que pasé por ellos. Hoy, vaya donde vaya, me resigno y escucho “son igualitos al papá”.

Pero además, los niños, se van identificando y van incorporando o copiando nuestros gestos, costumbres, la forma de hablar, el modo de caminar… Más allá de la genética, lo que van observando, van imitando. Y todo ese conjunto de hábitos y procederes los hace parecidos a nosotros.

Nos convertimos en sus principales modelos a seguir. Nuestras conductas y actitudes, determinan las suyas. Las positivas y las negativas. Si les gritamos, van a gritar. Si hablamos mal, hablarán igual. Si en casa, comemos comida chatarra, no tendrán hábitos de alimentación saludables. Si somos respetuosos, afectuosos y abiertos, recibiremos lo mismo por parte de ellos. Si nos ven leyendo, querrán tener libros. Si hablamos con ellos y los escuchamos, darán importancia a la comunicación… Y así.

Parece que la clave es ser conscientes de que reflejarán lo que ven. Y fomentar valores desde la acción, es significativamente más trascendental que el parecido de una nariz.

Es el Juego, no el Juguete

Seguramente no soy la única mamá que ve las habitaciones de sus hijos desbordabas de juguetes, que ya no sabemos dónde guardar ni cómo mantener en orden. Y muchas veces, somos responsables de esa situación: compramos infinidad de autitos, muñecas, juegos de mesa y otros juguetitos, que cuando vemos desparramados y cantamos “A guardar, a guardar” sin éxito o nos levantamos a la madrugada y nos clavamos un lego en la planta del pie, maldecimos, nos arrepentimos… pero no aprendemos.

Creo que los juguetes son muy buenas herramientas para el desarrollo de nuestros niños, ya que el juego es de gran importancia en su evolución psíquica, física, social, intelectual y afectiva. Pero, también, creo que a veces son demasiados, que somos presa del consumo y eso no tiene nada que ver con el valor de potenciar las habilidades de nuestros chiquitos.

Sin ir más lejos, pensemos en las publicidades (engañosas) que invaden los canales de televisión que tienen como público a los niños y que en los días previos a Navidad, Reyes o el Día del Niño, son más propagandas que dibujitos. Los chicos quedan hiperestimulados, piden todo lo que ven. (“Mami, ¿me comprás Vick Vaporub?” me pidió un día mi hija mientras miraba Disney Channel, que no tenía ni idea de lo que era, pero la había convencido de que lo necesitaba).

Después, junto con el “juguete real” llega la frustración: el autito no anda a la misma velocidad que en la tele, ni la muñeca parece un bebé de verdad, ni nada es mágico ni maravilloso. A ellos les da ganas de llorar y a nosotras también, porque seguro lo pagamos una fortuna.

Y tal vez, los vemos jugando con una caja de cartón, con dos o tres potecitos vacíos de yogur o unas cuantas tapitas de gaseosa. Porque lo importante es jugar: cualquier objeto puede transformarse en un gran juguete.

Impulsemos la imaginación y la creatividad de nuestros niños. Controlemos el consumismo las mamis.

Los hermanos sean unidos…

Cuando nació mi segundo hijo, pensaba que la relación con su hermana mayor iba a ser tranquila, armónica, afectuosa. Y lo es, muchas veces. Pero otras tantas, se evidencia una rivalidad entre ellos que no me gusta y me estresa. Las peleas en el asiento trasero del auto, los problemas por la computadora y las discusiones a la hora de comer forman parte de mi vida cotidiana (y supongo, o espero, la de cualquier familia).

Haga lo que haga, el conflicto es inevitable. Y esperar a que se lleven bien todo el tiempo me parece poco realista. Así que lo mejor es aceptar el asunto y ponerse a trabajar en familia para enfrentarlo.

¿Por qué se pelean? Por todo. Hasta porque uno miró al otro, pasó por al lado y lo tocó, se sentó en el lugar de la mesa que él quería… son indefinidos (e incluso delirantes) los motivos. O sea, se pelean por todo y por nada. Por pelearse. Por llamar la atención. Por defender su lugar dentro de casa. Entonces, creo, que afrontar la problemática es enseñarles y explicarles que no es necesario pelear para resolver las cosas, menos agredirse; que es importante hablar, estimular el diálogo…

No pretendo que se lleven como las Hermanas Ingalls. Pero tampoco como Tom y Jerry. Me muero de amor cuando los veo compartir, jugar juntos; cuando se cuidan o se defienden ante otros niños; cuando la mayor ayuda al más chiquito con las cosas del jardín…

Pienso que los hermanos juegan un papel muy importante y positivo en la vida de un niño. Son los primeros lazos, con los que se aprende a compartir, a relacionarse… Yo quería que mis hijos tuvieran hermanos, que tuvieran la experiencia del amor fraterno. Pero éste incluye la ambivalencia de sentimientos y hace que la disputa sea parte del vínculo. Todos los que tenemos hermanos lo sabemos muy bien.

Feliz en tu día

El cumpleaños de un hijo: nada más y nada menos que celebrar el aniversario de su nacimiento, recordar el día en que llegaron al mundo y festejar la importancia de ese acontecimiento.

Y, además, es una fecha en la que parece que una etapa en el crecimiento se cierra para dar lugar a otra, destacando todos los logros y avances del año transcurrido.

Por eso, “la fiesta de cumple” es un ritual sumamente positivo que tiene como principal objetivo hacer que nuestro pequeño se sienta especial, agasajarlo…

Entonces, mamá llena muchas bolsitas con golosinas, hace una linda torta que poco se parece a las de Maru Botana, intenta manualidades que vio en internet, busca por todas las casas de cotillón la decoración del personaje favorito del cumpleañero, se estresa, quiere que todo salga bien, que los chicos no se maten en el castillo inflable y que su niño sople las velitas…. Pero, principalmente, que sea muy feliz.

Pienso que está bueno planificar una celebración de acuerdo a los gustos, la edad y la personalidad de nuestro hijo. También, hacerlo participar de la organización y los preparativos, aprovechando la oportunidad de compartir y divertirse.

Hay muchas maneras de festejar. No es indispensable hacer una fiesta gigante, ni alquilar el salón de moda, ni ser la mamá más original… Pero, creo, que sí es imprescindible disfrutarlo: el agasajado y nosotras. Después de todo, también se celebra un año más de nuestra experiencia en la maternidad.

Hijos 2.0

Veo a mis hijos usando las computadoras, los celulares y las tablets con tanta facilidad y naturalidad. Y sí, nacieron con estas tecnologías. Mi propia infancia parece tan lejana de la que viven ellos (y no soy tan vieja). A veces, me siento desfasada, como si la distancia generacional fuera un abismo: no entiendo de qué me hablan, cómo se juega a esos juegos, por qué los atrapa tanto, qué les interesa de lo que ven.

Por momentos, también, me enoja que no quieran dejar la compu, que parece que otra cosa no los divierte, que no acepten otras alternativas para entretenerse.

Y, además, me preocupa: ¿cuánto tiempo debería dejarlos pasar frente a las pantallas?, ese juego en el que matan “creepers” (que no tengo idea qué son) ¿es violento?, ¿A qué edad pueden abrirse una cuenta de Facebook, usar Skype o tener Whatsapp?, ¿Está bien prohibirles el acceso? Y un millón de cuestionamientos más.

Siento que ésta es su realidad, que nada tiene que ver con la mía de hace 30 años, que no se las puedo negar pero que a la vez quisiera que pudieran andar en bici con los vecinitos en la puerta de casa. Y no es posible. También me invadirían los miedos y las dudas.

Entonces creo que lo mejor es pensar que las compu, las tablets, internet y los juegos no son ni buenos ni malos en sí mismos. Todo depende del uso que hagan de ellos. Y primero tengo que informarme: preguntarles, observarlos, aprender. Tal vez así podamos acercar la distancia. Ellos felices, yo más tranquila.

Cara de fiebre: Cara de mamá preocupada

3 a.m.: Me despierto sin saber porqué. Voy a ver a los chicos. Uno con fiebre. No falla. (¿Instinto Materno?).

Entonces, empiezan días (y largas noches) de tos, mocos, termómetro, ibuprofeno y nebulizaciones…

Que duro es cuando nuestros hijos se enferman. Es una angustia indescriptible que se lleva por dentro, sin perder la tranquilidad y la sonrisa. Es una preocupación interna que va desde el primer 38°C hasta que cede el último síntoma. Es una sensación de impotencia, verlos decaídos, sin energía, sin hambre… y cuando son chiquitos, sin siquiera poder decirte con palabras qué les duele.

Pero una buena manera de compensar todo eso es con “Mimos Extremos” y comienzan jornadas enteras en la cama de mamá y papá, con pañito en la frente, mirando de nuevo la peli preferida y eligiendo la comida que tienen ganas de comer. También, adulaciones exageradas cuando se toman todo el remedio de supuesto sabor a frutilla y banana o puede ser la compra de un juguetito nuevo si se portan bien en el doctor. Además, busco cuentos, revistas, libros para colorear y me quedo horas con actividades tranquilas, intentando que hagan “reposo”.

Todo lo que pueda hacer para que se sientan un poquito mejor… Aunque parece que nada alcanza porque preferiría mil veces estar enferma yo y que ellos estén saltando, corriendo y gritando como siempre ¡Aunque me vuelvan loca!.