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Busco niñera

Dejar a nuestros hijos por razones laborales ya es difícil, dejarlos al cuidado de alguien ajeno a la familia lo es aún más. Pero no siempre contamos con familiares cercanos para hacerse cargo de los niños y debemos comenzar la búsqueda.

Encontrar una “niñera” que nos brinde la seguridad y confianza necesaria para poder irnos tranquilas, dejando en sus manos lo más importante de nuestras vidas no es algo muy sencillo. La elección de la persona para esta función es todo un desafío, aunque no una misión imposible.

En primer lugar, es fundamental que se adapte a las características y  necesidades de nuestra familia: porque no es lo mismo ocuparse de un bebé que de niños grandes, de uno, dos o tres, un par de horitas o toda la tarde.

Por otro parte, tenemos que ser exigentes: tiene que ser una persona responsable, predispuesta, empática, cariñosa, de buen ánimo y humor, porque es imprescindible que nuestros hijos se sientan a gusto con ella.

Y también pueden resultar de utilidad las entrevistas previas, las referencias comprobables o recomendaciones, la experiencia previa, las evaluaciones psicológicas y médicas, cortos períodos de tiempo al principio para favorecer la adaptación, puede ser con nosotras en casa para evaluar su desempeño y cualquier otro recurso o estrategia que se nos ocurra para encontrar la persona idónea.

Cada familia elaborará el perfil de la candidata para ese puesto en su hogar, pero es de importancia tomarse el tiempo necesario para realizar la selección. En el medio, lucharemos con algunos de nuestros miedos, fantasmas e incertidumbres. Los primeros días nos iremos temerosas, intranquilas y culposas. Y siempre estaremos alertas y atentas al bienestar de nuestros niños.

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Con la maternidad se pierde… ¡El asco!

Antes de ser mamá, jamás me hubiese imaginado las cosas asquerosas que hice (y a veces todavía hago) por mis hijos, que sin dudas no haría por ninguna otra persona y que incluyen vómitos, mocos y demás fluidos corporales. Inclusive me llamaba mucho la atención que las madres hablaran con tanta naturalidad de estos temas, hasta que un día me encontré a mí misma describiendo detalladamente la consistencia, el color y el olor de la caca de mi bebé.

Hasta empezó a sucederme que ciertas cuestiones que con anterioridad me parecían repugnantes, me comenzaron a causar gracia o risa, como las veces que mi hijo me mojaba con su chorrito de pis mientras le cambiaba el pañal. También, satisfacción y tranquilidad: por ejemplo cuando el bebé estaba molesto o inquieto y por fin lograba hacer “provechito” o largar un “gasesito”.

Entonces, la maternidad es un camino en el que una vive situaciones inmundas y, sin embargo, las naturaliza.

Una se acostumbra a salir de casa con la ropa en la que el babé regurgitó la leche, con ese olor agrio que ya no percibimos. Y se habitúa a cambiar y lavar varios juegos de sábanas en las que el niño descompuesto vomitó consecutivamente durante la misma noche. Y se adapta a limpiar pis y caca del piso cuando el pequeño está dejando los pañales.

Los ejemplos pueden ser miles, pero queda de manifiesto que son tantas las cosas que pensamos que nunca haríamos, hasta que nos convertimos en madres y el amor por nuestros chiquitos nos cambia todo.

El lugar de Papá

Nosotras, las mamás, creemos que podemos con todo y que sólo nosotras podemos hacer bien las cosas de nuestros hijos. Nos quejamos, lloramos, pataleamos, pero no delegamos. Nos cuesta mucho aceptar que el papá también puede ocuparse de las mismas cosas, con igual responsabilidad y afecto, tal vez de distinta manera, a su forma y tiempo, pero va a estar bien igual.

El rol del padre en la crianza de los hijos ya no es aquél que únicamente provee el sustento económico, que desconoce la vida cotidiana de los niños y no se dedica a sus cuidados. Los papás hoy se involucran y participan activamente en los quehaceres de los niños.

Si bien, por razones obvias, no pueden ocuparse de amamantarlos, el resto de las actividades no tienen “etiquetas”: corresponden a mamá o a papá, según quien quiera, pueda o esté a cargo en ese momento. Actualmente, la mayoría de los papás cambian pañales, bañan a los niños, los visten, los peinan y despiojan, les cocinan, los ayudan con las tareas, etc.

Tal vez, a la hora de hacerle dos trencitas a la nena para ir al Jardín papá esté un poco complicado (“¿viniste en moto, mi amor?”). O cuando lo vista al nene para salir, tenga algunas dificultades con la combinación, ya sea por falta o por exceso (pantalón camuflado, zapatillas camufladas y campera camuflada: “¡Apa! ¿vamos a comer a lo de la tía o a la guerra?). Ni hablar de los problemas con los que se encuentra cuando va a comprarles ropa: con los talles, la moda y los precios (“¡No puede valer esta fortuna, si es cuadradito de tela!”).

Es fundamental que lo hagan, que vayan, que se interioricen de todo lo que concierne a sus hijos, nuestros hijos. De esta manera aprenden, como también aprendimos nosotras.

Pero para que los papás intervengan, nosotras tenemos que darles lugar. Dejarlos actuar. Incorporarlos. Abandonar la idea de “mamá superheroína” que puede con todo y sólo ella lo hace todo perfecto. Relajarnos. Y compartir.

Mamá, ¿de dónde vienen los bebés?

Llega un día en el que tu pequeño te comienza a hacer preguntas sobre sexualidad y los primeros interrogantes te sorprenden mientras estás sacando la comida del horno: “¿Vos también tenés pito como papá?” “¿De dónde nací?” “¿Cómo llegué a tu panza?” “¿Por dónde salí?”. Y mucho más, porque su curiosidad es natural, quieren saber, necesitan preguntar.

Tal vez uno ya había pensando que debía hablar de sexo con los niños y haya planificado una charla en la que les brindaría toda la información necesaria de una sola vez y para siempre. Pero no. Primero, porque es una conversación que se va dando permanentemente a lo largo de la vida y, segundo, porque sus cuestionamientos aparecen mucho antes de lo que nos imaginábamos y nos plantean todo un desafío.

La vida cotidiana nos brinda muchas oportunidades para responder los interrogantes de nuestros hijos: el embarazo de alguien del entorno y el nacimiento de un bebé, los momentos del baño y las diferencias anatómicas entre los sexos, la información que a veces reciben de la tele, etc.

Puede ser que nos surja angustia sobre qué decir y cómo decirlo, cuánta información ofrecerles, qué datos son necesarios y cuáles no. Y, también, puede ser que nos sintamos incómodos, que nos dé vergüenza. Es normal. Hay que admitirla.

Lo importante es que podamos responderles. Sobre todo, con información cierta, concreta, precisa, útil. Siempre de acuerdo con la edad y permitiéndoles que sigan preguntando hasta que estén satisfechos con la respuesta. Lo que queremos es que sepan que en todo momento pueden recurrir a una fuente confiable para resolver sus dudas: mamá y papá.

Trabajo vs. Maternidad

Amo ser mamá, decidí serlo y lo disfruto mucho. También elegí una carrera, me gusta mi profesión, quiero trabajar y desarrollarme en ella. Pero siento, a veces, que todo no se puede, que es muy difícil dividir el tiempo entre el trabajo y el rol de madre. Y pesa sobre mí cierta presión de querer cumplir con todo, no fallar y hacer todo perfecto: trabajar como si no tuviera hijos y criar a mis hijos como si no trabajara. Hasta he llegado a sentir que no hago lo suficientemente bien ninguna de las dos cosas.

Salir a trabajar y pasar varias horas al día fuera de casa, es una de las decisiones más importantes de mi vida. Decisión que reevalúo permanentemente porque hace que me cuestione si el tiempo que estoy con ellos es suficiente, si están bien mientras yo no estoy… Entonces aparece una de las mejoras amigas de las mamás: la culpa.

Pero la maternidad es full time, trabajes o no. Soy mamá las 24hs y durante mi jornada laboral pienso en mis hijos, me organizo para no faltar a la fiestita de la escuela, los llamo por teléfono, paso a buscar lo que le pidieron para el jardín apenas salgo, etc. O sea, no hay por qué sentir culpa. No los descuido. Me ocupo. Estoy presente aunque no esté. Y cuando llego a casa, comienza mi “segundo trabajo”: preparo comidas, lavo uniformes, ayudo con las tareas, los baño, miramos dibujitos, charlamos, jugamos…

La profesión, y el tiempo que le dedico a ella, me renueva el deseo de estar con mis hijos a la vez que me ocupo de mí misma, de lo que me gusta y me hace bien.

Entonces, estoy segura de que el trabajo y salir de casa con la maternidad no son opuestos sino compatibles… Y necesarios.

Los hermanos sean unidos…

Cuando nació mi segundo hijo, pensaba que la relación con su hermana mayor iba a ser tranquila, armónica, afectuosa. Y lo es, muchas veces. Pero otras tantas, se evidencia una rivalidad entre ellos que no me gusta y me estresa. Las peleas en el asiento trasero del auto, los problemas por la computadora y las discusiones a la hora de comer forman parte de mi vida cotidiana (y supongo, o espero, la de cualquier familia).

Haga lo que haga, el conflicto es inevitable. Y esperar a que se lleven bien todo el tiempo me parece poco realista. Así que lo mejor es aceptar el asunto y ponerse a trabajar en familia para enfrentarlo.

¿Por qué se pelean? Por todo. Hasta porque uno miró al otro, pasó por al lado y lo tocó, se sentó en el lugar de la mesa que él quería… son indefinidos (e incluso delirantes) los motivos. O sea, se pelean por todo y por nada. Por pelearse. Por llamar la atención. Por defender su lugar dentro de casa. Entonces, creo, que afrontar la problemática es enseñarles y explicarles que no es necesario pelear para resolver las cosas, menos agredirse; que es importante hablar, estimular el diálogo…

No pretendo que se lleven como las Hermanas Ingalls. Pero tampoco como Tom y Jerry. Me muero de amor cuando los veo compartir, jugar juntos; cuando se cuidan o se defienden ante otros niños; cuando la mayor ayuda al más chiquito con las cosas del jardín…

Pienso que los hermanos juegan un papel muy importante y positivo en la vida de un niño. Son los primeros lazos, con los que se aprende a compartir, a relacionarse… Yo quería que mis hijos tuvieran hermanos, que tuvieran la experiencia del amor fraterno. Pero éste incluye la ambivalencia de sentimientos y hace que la disputa sea parte del vínculo. Todos los que tenemos hermanos lo sabemos muy bien.

De Princesas y Superhéroes

Un segundo hijo es, sin dudas, una experiencia diferente. Una ya no tiene la misma edad, ni el mismo tiempo, ni los mismos miedos de primeriza. Es otra maternidad.

Con mi primera hija estaba muy cómoda en el rol de “mamá de nena”. Pero, como la vida se empecina en desestructurarme, el segundo fue un varón. Por los tanto, se agregaron algunas otras diferencias…

Acostumbrada a pasar horas con mi pequeña dibujando, coloreando, haciendo pulseritas y pintándonos las uñas, un buen día, me encontré con la máscara de Spiderman jugando a la “lucha” con el Mini Capitán América… Patadas, empujones, saltos y mucha, pero mucha, ¡transpiración!

A la hora de salir, él con jean, remera y zapatillas está listo para cualquier ocasión. Ella puede pasar un largo rato decidiendo si va con calza o pollerita, ¿o mejor vestido?, si sandalias o guillerminas, si combina, si lleva cartera… (Sí, ella decide)

El hecho de invitar amigos a casa también evidencia cierta desemejanza. Ellas requieren más atención, se aburren más fácilmente, se generan más conflictos. A ellos, les das una pelota ¡y tenés la tarde solucionada!

Pero, la más sorprendente, es la diferencia en el sentido del humor. Los varones se pueden reír horas sobre temas escatológicos. Tienen una extraña predilección por los chistes que incluyan temas de gases, eructos y otros. (“¡Qué asqueroso!” Diría mi delicada niñita)

Mi tierna mi princesa y mi inquieto superhéroe… Dos vivencias disímiles. Dos vínculos distintos. Dos maternidades. Dos aprendizajes… Un Amor Intenso.