Mi cuerpo de mamá

La maternidad nos revoluciona la vida, nos modifica la forma de ver las cosas, nos transforma la manera de pensar, nos cambia las prioridades, los horarios, las rutinas y, también, nos cambia el cuerpo. Convertirse en madre deja marcas en nuestro envase.

Algunas transformaciones son temporarias como el evidente crecimiento de la panza, las manchas en la piel o la caída del cabello por las alteraciones hormonales y hasta las ojeras de frecuentes noches de poco dormir. Pero, otras, pueden ser definitivas como las estrías, la celulitis, las várices, el ensanchamiento de las caderas e incluso la cicatriz de una cesárea.

Nos puede resultar difícil asumir estas modificaciones y reconocernos en nuestra nueva imagen corporal. Pero, además, no contribuyen ciertos mandatos culturales que pesan sobre nosotras. Me refiero a aquéllos que nos exigen la perfección de la figura, llenando nuestras pantallas de mujeres desfilando en micro bikinis a quince días de haber parido. Y lo cierto es que la mayoría de las mortales no tenemos esa genética o esa suerte.

Creo que la clave es aceptar esas transformaciones y aprender a llevarlas. No compararnos ni con otras, ni con las que fuimos. Y recordar el motivo por el cual nuestro cuerpo ha cambiado: trajimos un ser a este mundo, tuvimos la dicha de llevarlos en el vientre, sentirlos crecer, moverse, verlos nacer, amamantarlos, pasar noches sin dormir para cuidarlos, contenerlos… todas las marcas que quedaron son el testimonio de ser mamá. A vivirlas con satisfacción y orgullo… Mucho más haríamos por nuestros hijos y volveríamos a hacer.

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Mi bebé en Neo

Después de esperarlo muchas semanas, cuando nace nuestro bebé, queremos llevarlo a casa, descansar y disfrutar, organizarnos, llevar adelante todos los planes que hicimos durante el embarazo. Pero recibir la inesperada noticia de que debe quedarse en la Unidad de Neonatología nos asusta, nos preocupa y, sobre todo, nos angustia.

No importa si serán horas, días o semanas, la Neo parece un lugar tan frío, inhóspito, desagradable, lleno de aparatos, tubos, sondas, monitores, que no nos resulta el sitio ideal para que esté nuestro bebé, que debería estar plácido y confortable en nuestros brazos. Surge la sensación de que nadie lo va a saber cuidar como mamá y nos podemos sentir desplazadas en nuestra función, porque el pequeño necesita atención médica y esa es la prioridad.

Entonces, debemos desacelerar el ritmo, estar atentas a lo primordial, tranquilizarnos y confiar. Y para hacer la estadía un poquito más fácil, podemos informarnos, hablar con el personal, preguntar, evacuar dudas, aprender.

Es una experiencia que atraviesan muchas otras mamás y, a veces, también compartirlas con ellas, con quienes nos sentimos identificadas, puede ayudarnos.

Mi bebé estuvo diez interminables días en Neo; un período muy difícil para mí. Lloré mucho y saqué fuerzas, me recuperé, cambié, reflexioné. Tengo vivos recuerdos de cada vez que entré a verlo, cuando lo pude levantar, cuando lo pude amamantar, cada avance, cada logro, hasta el día en que pudimos irnos juntos a casa.

Me estremece y me moviliza evocar la imagen de fragilidad y, a la vez, fortaleza de mi pequeño gran amor. Ahora lo veo crecer, saltar, correr, gritar, aprender, explorar, sonreír y no hay nada más bello.

Todo concluye al fin

Se va acercando el desenlace del ciclo lectivo y las ocupaciones no van disminuyendo. Todo lo contrario. Explotan las agendas con reuniones de padres, entregas de informes y boletines, fiestas, muestras, clases abiertas, ferias y otros festejos de cierre de año. No sólo en las escuelas y jardines, sino también en las actividades deportivas, talleres de arte o música, institutos de idiomas y demás.

Para cumplir con todo esto, las mamás organizamos horarios, corremos, compramos entradas, confeccionamos disfraces, hacemos peinados, maquillamos, a veces hasta bailamos y, al final, lloramos o nos emocionamos bastante. Pero suele suceder que la finalización de las actividades de nuestros chiquitos se convierte en sinónimo de estrés… Ni decir para las mamás a las que se nos duplican esas jornadas de cierre.

Sin embargo, cerrar etapas es un proceso de mucha importancia para nuestros hijos y también para nosotras. Implica revisar lo vivido, reflexionar sobre el período transcurrido, hacer un balance sobre el camino recorrido. Terminar un capítulo para dar comienzo a uno nuevo. Nada más y nada menos.

Entonces, fin de año es un buen momento para frenar las ansiedades, organizar con tiempo los eventos, respirar profundo y, sobre todo, disfrutar. Destacando los logros, resaltando los pequeños y grandes avances, acompañando el crecimiento y el desarrollo de nuestros pequeños.

“Nene, dejá el chupete”

¿Chupete si o chupete no? Dilema de muchas madres.

Algunos pediatras, psicólogos y opinólogos están a favor y otros, en contra.

Lo cierto es que con un bebé de días, con cólicos, llantos, etc y una mamá con noches sin dormir, acudir al chupete es una gran posibilidad. Y si lo agarra, lo incorpora, lo succiona, lo calma, lo relaja, pasa a ser nuestro incondicional amigo. En ese momento, agradecemos a quién lo inventó y dejamos la preocupación de cómo haremos para despedirlo para más adelante.

Se pueden encontrar variedad enorme de modelos y marcas de chupetes: de látex o silicona, de tetina redonda o anatómica, de colores o trasparente y hasta unos que brillan en la oscuridad. A veces, ante la desesperación, llegamos a adquirir y proponerle al bebé diferentes tipos, como para que él mismo elija el que más le guste y lo ayude a calmarse.

Por supuesto que las mamás no somos ningunas improvisadas y tenemos siempre algún chupete de repuesto en el bolso, como para prevenir entrar en crisis ante una noche difícil o tener que salir en plena madrugada a buscar una farmacia de turno.

Pero llega un momento, algunos antes, otros después, en que sentimos que ya va siendo hora de decirle adiós a nuestro fiel compañero de aventuras. A veces le puede costar al niño, a veces nos puede costar a nosotras mismas, porque no queremos que lloren, menos que sufran.

Lo ideal es no obsesionarse y tomárselo con calma. Se trata de un proceso gradual en el que se debe destacar la paciencia, los elogios y el acompañamiento desde el amor. Sin recetas. Cada familia irá poniendo a prueba sus propias estrategias. Pronto, el chupete será un recuerdo y su partida, una linda anécdota para contarles a nuestros hijos con orgullo y satisfacción por todo lo que han crecido.

MotherChef

Entre todas las tareas que hacemos las mamás se incluye la de cocinar exquisitos, elaborados y nutritivos platos para nuestros hijos. Y aunque a simple vista parece una labor sencilla, son muchas las cosas que tenemos en cuenta a la hora de alimentar a nuestra cría y es considerable el tiempo que le dedicamos, con el afán de que nuestros pequeños crezcan sanos y fuertes.

Diariamente nos enfrentamos al dilema “y hoy… ¿qué cocino?” y hasta que nos sobreviene alguna idea, pasamos por variados pensamientos desde “ya no se me ocurren opciones”, “estoy harta de cocinar”, “sólo quieren comer fideos”, etc. Pero evaluamos tantos factores: que sea saludable, colorido, suculento, rico, diferente, que lo volvemos a intentar y nos ponemos creativas con cacerolas en mano, esperando que les guste… o por lo menos que lo prueben.

Mientras los chiquitos aguardan la comida y te preguntan cuarenta y cinco veces cuánto falta en un tono que parecen que están por desmayarse del hambre, procuramos que no agarren ni una galletita, menos un caramelo, ni nada que engañe sus pequeños estómagos.

Satisfechas con nuestra producción, la ponemos en la mesa deseando que les encante pero… “tiene una cosita fea y roja ahí”, “¿puedo comer sólo la papa?”, “quiero pan”, “A mi la carne no me gusta” – “¡¡¡pero si te encantaba!!!” – “ya no”.

A los cinco minutos, nos encontramos haciendo como una especie de cirugía del maravilloso plato gourmet: extirpando cuidadosamente la cosita fea y roja o transformando una cosa en otra. También, negociando unos cuadraditos de carne a cambio de pan o prometiendo postre. Y, con esfuerzo, logrando que ingieran algo.

A los diez minutos (con suerte), ya terminaron de comer y se quieren ir a jugar. A nosotras nos quedan por lavar y ordenar unas cuantas cosas, intentando no pensar que para ese ratito fugaz invertimos horas dentro de la cocina.

Entonces, los vemos llenos de vitalidad y cada día más grandes y nos damos cuenta de que vale la pena repetirlo al día siguiente… y al otro… y así…

Mamá necesita tiempo… y espacio

Ir al baño sin compañía o con la puerta cerrada, mirar en la tele un programa que te gusta, escuchar una noticia que te interesa, llegar de trabajar y conversar un ratito con tu marido, concentrarte para leer algo, son actividades que quedan en el recuerdo cuando llegan los hijos.

Una vez que te convertís en madre, tu tiempo ya no es tuyo, pertenece a otros: los chicos, sus cosas, sus actividades, sus demandas… y, a veces, nos olvidamos de nosotras mismas o nos postergamos. “Tomarse cinco minutos y tomarse un té” no forma parte de nuestra rutina ni de nuestra planificación diaria. Hasta nos puede parecer un momento desperdiciado ¡con todo lo que hay que hacer!

Pero esa pausa es necesaria. Se trata de intervalo saludable. Encontrarlo (o recuperarlo) es todo un trabajo. Y su principal función es distraernos de las obligaciones, relajarnos, renovarnos, pensar, descansar…

No se trata sólo de tiempo, sino también de espacio. Los niños suelen ser apegados, disfrutan de estar cerquita: No sólo prefieren dormir en tu cama, mejor arriba tuyo. No sólo eligen comer al lado tuyo, mejor a upa. Y es maravilloso poder disfrutar de ese contacto estrecho, aunque de a ratos necesitemos distancia, o intimidad, o soledad (sin culpa si es posible).

Una hora de gimnasio un par de veces a la semana, una caminata al aire libre con música, un café con una amiga, un rato en la peluquería, un baño de inmersión ¡con la puerta cerrada!… Cuando los chicos están a cargo de otra persona y podemos desenchufarnos.

“El Cuco” y otros miedos

Todos los chicos tienen “temores” en algún momento de su crecimiento. Tal vez a los adultos nos parezcan exagerados e irracionales, pero se trata de miedos evolutivos y “normales” a cierta edad.

Aquello a lo que le temen va variando a medida que pasa el tiempo. Desde muy pequeños, se manifiesta el miedo al abandono. La conocida “angustia de los ocho meses”: ese pánico que expresan los bebés cuando la mamá sale de su campo visual. Etapa difícil para dejarlos con alguien, salir a trabajar o simplemente… ¡ir al baño!

Más tarde, aparecen los miedos a los ruidos fuertes, las tormentas y truenos, los fantasmas o monstruos y el clásico terror a la oscuridad. Son miedos más nocturnos, también puede haber pesadillas, y se podrían asociar más a la imaginación, las fantasías y las imágenes que ven en los dibus y la compu.

Por último, ya más grandes, se pueden revelar los temores vinculados al reconocimiento de la realidad, como el miedo a los animales peligrosos, a la muerte o enfermedades, a los robos y demás.

Lo más importante, ante estas situaciones, es nuestra actitud. Es cómo nosotros, como adultos, los ayudemos y acompañemos, lo que marcará la diferencia.

“El cuco”, “El viejo de la bolsa”, “El señor malo”, “La policía” o “los ladrones”, “El lobo”, “La bruja” muchas veces tienen más autoridad que los propios padres; logran establecer los límites y que los chicos hagan caso (con pavor).

En otras ocasiones, se minimiza los comentarios de los nenes, se les resta importancia o no se los entiende. Y en muchas otras oportunidades, somos responsables de transmitirles nuestros propios temores.

Pero nuestros hijos necesitan que los contengamos y le demos seguridad, confianza, tranquilidad; que los ayudemos a expresar lo que les pasa y les ofrezcamos comprensión; que los escuchemos y les expliquemos; que los abracemos y les enseñemos que el amor vence al miedo y al temor.