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Busco niñera

Dejar a nuestros hijos por razones laborales ya es difícil, dejarlos al cuidado de alguien ajeno a la familia lo es aún más. Pero no siempre contamos con familiares cercanos para hacerse cargo de los niños y debemos comenzar la búsqueda.

Encontrar una “niñera” que nos brinde la seguridad y confianza necesaria para poder irnos tranquilas, dejando en sus manos lo más importante de nuestras vidas no es algo muy sencillo. La elección de la persona para esta función es todo un desafío, aunque no una misión imposible.

En primer lugar, es fundamental que se adapte a las características y  necesidades de nuestra familia: porque no es lo mismo ocuparse de un bebé que de niños grandes, de uno, dos o tres, un par de horitas o toda la tarde.

Por otro parte, tenemos que ser exigentes: tiene que ser una persona responsable, predispuesta, empática, cariñosa, de buen ánimo y humor, porque es imprescindible que nuestros hijos se sientan a gusto con ella.

Y también pueden resultar de utilidad las entrevistas previas, las referencias comprobables o recomendaciones, la experiencia previa, las evaluaciones psicológicas y médicas, cortos períodos de tiempo al principio para favorecer la adaptación, puede ser con nosotras en casa para evaluar su desempeño y cualquier otro recurso o estrategia que se nos ocurra para encontrar la persona idónea.

Cada familia elaborará el perfil de la candidata para ese puesto en su hogar, pero es de importancia tomarse el tiempo necesario para realizar la selección. En el medio, lucharemos con algunos de nuestros miedos, fantasmas e incertidumbres. Los primeros días nos iremos temerosas, intranquilas y culposas. Y siempre estaremos alertas y atentas al bienestar de nuestros niños.

Bobby, Manchita, Nemo, Manuelita y otras mascotas

Son muchos los niños que desde muy pequeños piden con insistencia tener un animal en casa. Y, claro está, que acceder a este pedido de nuestros hijos puede resultar muy beneficioso para ellos. Pero, como papás tenemos que tener en cuenta algunos factores antes de aprobar la demanda y aceptar a un nuevo miembro en la familia.
Clásicas son las solicitudes de perro o gato. También podrían ser tortuga, pez, conejo, hámster, canario… Aunque algún niño por ahí haya pedido alguna vez un ornitorrinco para llamarlo “Perry”, una chanchita “Peppa” o un mono como “Jorge el curioso”. Porque, a veces, las fantasías e imaginación de los pequeños supera ampliamente a la realidad.
Una mascota, además de tener que ser un animal doméstico, requiere compromiso, dedicación y responsabilidad. Es en este sentido que implica un gran aprendizaje para los niños y para la familia entera, ya que ellos solos no podrán hacerse cargo completamente. Aunque según la edad de nuestro hijo, evaluaremos las obligaciones que pueda asumir.
Pero, también, una mascota conlleva un nuevo tipo de amor, una compañía, un vínculo con otra especie y una diferente forma de compartir o jugar según el animal que sea. Es decir, colabora en el desarrollo psicológico, emocional y vincular. Siempre que la experiencia sea positiva.
No perdamos de vista que la decisión es nuestra. No debemos actuar por impulso. No se trata de un juguete más. Consideraremos espacio, tiempo, recurso económico destinado a este fin, animal, tamaño, raza y por último… nombre y demos la bienvenida a un integrante más de nuestro hogar.

“El Cuco” y otros miedos

Todos los chicos tienen “temores” en algún momento de su crecimiento. Tal vez a los adultos nos parezcan exagerados e irracionales, pero se trata de miedos evolutivos y “normales” a cierta edad.

Aquello a lo que le temen va variando a medida que pasa el tiempo. Desde muy pequeños, se manifiesta el miedo al abandono. La conocida “angustia de los ocho meses”: ese pánico que expresan los bebés cuando la mamá sale de su campo visual. Etapa difícil para dejarlos con alguien, salir a trabajar o simplemente… ¡ir al baño!

Más tarde, aparecen los miedos a los ruidos fuertes, las tormentas y truenos, los fantasmas o monstruos y el clásico terror a la oscuridad. Son miedos más nocturnos, también puede haber pesadillas, y se podrían asociar más a la imaginación, las fantasías y las imágenes que ven en los dibus y la compu.

Por último, ya más grandes, se pueden revelar los temores vinculados al reconocimiento de la realidad, como el miedo a los animales peligrosos, a la muerte o enfermedades, a los robos y demás.

Lo más importante, ante estas situaciones, es nuestra actitud. Es cómo nosotros, como adultos, los ayudemos y acompañemos, lo que marcará la diferencia.

“El cuco”, “El viejo de la bolsa”, “El señor malo”, “La policía” o “los ladrones”, “El lobo”, “La bruja” muchas veces tienen más autoridad que los propios padres; logran establecer los límites y que los chicos hagan caso (con pavor).

En otras ocasiones, se minimiza los comentarios de los nenes, se les resta importancia o no se los entiende. Y en muchas otras oportunidades, somos responsables de transmitirles nuestros propios temores.

Pero nuestros hijos necesitan que los contengamos y le demos seguridad, confianza, tranquilidad; que los ayudemos a expresar lo que les pasa y les ofrezcamos comprensión; que los escuchemos y les expliquemos; que los abracemos y les enseñemos que el amor vence al miedo y al temor.

Ser mamá. Ser sensible

Imposible no estremecernos ante actuales noticias crueles. Imágenes trágicas. Tristes. Niños que sufren. Vidas duras. Familias desgarradas. Comentarios violentos.

Después de tener hijos, o antes incluso, desde el embarazo, sentimos que se agudiza nuestra sensibilidad. Sobre todo, hacia los niños y las madres, por identificación. Nos encontramos con una enorme capacidad de conmovernos, desconocida con anterioridad, que nos comienza a acompañar constantemente.

Ya no se trata sólo de un llanto sin motivo alguno o por causas ridículas (vistas a la distancia), de las que suelen ser responsables nuestras amigas las hormonas, sino de consciencia sobre el milagro cotidiano de la vida, preocupación por todo lo humano y comprensión emocional de los otros.

Nuestra peculiar vocación a la maternidad, la posibilidad diaria de disfrutar de nuestros pequeños, la prueba incesante de lo que significa el Amor, nos hace seres sensibles. No importa cuán racionales, lógicas y prácticas nos creamos.

Esta sensibilidad, poco tiene que ver con la debilidad. Aunque esta última también es necesaria como equilibrio de la fortaleza que caracteriza al Ser madre.

No podemos menos que sentir un dolor inmenso en lo más profundo de nuestras almas. El sufrimiento y la inocencia de la infancia no son compatibles. No es justo y es intolerable.

Vestir a los pequeños de la familia

Van empezando los días de calorcito y el cambio de estación viene acompañado de la renovación de los roperos de nuestros hijos. Porque, por más que nos pese, casi todo lo del año anterior les queda chico o está en pésimas condiciones.

Los que tienen hermanos o primos mayores pueden heredar alguna que otra prenda, siempre que sean del mismo sexo. Yo misma he guardado variedad de talles y modelos impecables de mi hija, que fueron inservibles años después con la llegada del varón. Detalles como las costuras de los jeans con hilos rosados o las florcitas, corazoncitos y maripositas, los hicieron francamente imposibles de ser reutilizados en casa.

Y es de tener en cuenta, que los precios de la ropa para los más chiquitos suele ser, a veces, irracional, aunque las mamás ya estamos acostumbradas, pero los papás no dejan de sorprenderse (o quejarse).

Una buena opción, y actual, es vender las prendas que ya no usan e invertir ese dinero en la actualización de los cajones. Como también comprar ropa usada que otras mamás venden en perfecto estado (conozco un site muy piola 🙂 ). Además, podemos reciclar y ser muy creativas.

Ya que comenzamos la nueva temporada y estamos por renovar placares, propongo intentar con ropa que sea linda, a la vez que funcional y cómoda tanto para los niños como para nosotras.

Primero, resignemos el blanco. Es muy bonito, les queda hermoso, pero les dura cinco minutos. Después, renegamos con manchas de pasto, chocolate o fibrones y seguimos gastando plata en quitamanchas y energía en refregados. (Vale para el amarillito, el rosa, celeste pálido, etc)

Segundo, evitemos telas duras, estampas gomosas, elásticos apretados, cuellos chicos, puños estrechos y todo lo que pueda generar protestas de la criatura. Puede ser una prenda muy linda y carísima, pero si se encaprichó que le molesta, no se la quiere poner nunca más.

Por último, elijamos ropa que sea apta para jugar. Ellos quieren (y necesitan) correr, saltar, tirarse al piso. Son niños. Bellos de punta en blanco. Bellos desarreglados, desprolijos, sucios y felices de haber jugado.

A menudo los hijos se nos parecen

Las primeras visitas al sanatorio, a horas de nacido tu bebé, ya empiezan a preguntarse a quién se asemeja. Tal vez aún no se parezca a nadie, o mejor dicho, se parece a muchos otros recién nacidos, pero no falta la tía, la abuela o la madrina que expresa “es la cara del tío”, “tiene la misma nariz que el abuelo”, “los ojos del primo”. (Todo eso, mientras la parturienta piensa “si se parece a alguien es a mí, está todo hinchado, cansado y con ganas de que termine el horario de visita”)

A medida que van pasando los días, las semanas y los meses, ya se definen los rasgos y podemos reconocer semejanzas físicas más claramente. Fue ese el momento, por lo menos en mi caso, que tuve que aceptar que mis hijos son un clon del padre, a pesar de que fui yo quien los llevó nueve meses en la panza, engordé, fui al quirófano, nunca adelgacé, amamanté y otras tantas cosas que pasé por ellos. Hoy, vaya donde vaya, me resigno y escucho “son igualitos al papá”.

Pero además, los niños, se van identificando y van incorporando o copiando nuestros gestos, costumbres, la forma de hablar, el modo de caminar… Más allá de la genética, lo que van observando, van imitando. Y todo ese conjunto de hábitos y procederes los hace parecidos a nosotros.

Nos convertimos en sus principales modelos a seguir. Nuestras conductas y actitudes, determinan las suyas. Las positivas y las negativas. Si les gritamos, van a gritar. Si hablamos mal, hablarán igual. Si en casa, comemos comida chatarra, no tendrán hábitos de alimentación saludables. Si somos respetuosos, afectuosos y abiertos, recibiremos lo mismo por parte de ellos. Si nos ven leyendo, querrán tener libros. Si hablamos con ellos y los escuchamos, darán importancia a la comunicación… Y así.

Parece que la clave es ser conscientes de que reflejarán lo que ven. Y fomentar valores desde la acción, es significativamente más trascendental que el parecido de una nariz.

El bolso de mamá

¿Cómo reconocer fácilmente a una madre? ¿Por la cara de cansada? ¿las uñas sin pintar? ¿las huellas de manitos con chocolate en la ropa? No. ¡Por las cosas que lleva en su bolso!

La cartera es una fiel compañera de todas las mujeres. Y, como siempre digo, la maternidad modifica todo… hasta el tamaño y la funcionalidad del bolso que nos acompaña a todas partes. Con niños, ya no podemos salir con una bandolerita, llave, celu y dinero. Debemos preparar montones de cosas, porque no se sabe en qué momento las podemos necesitar, porque queremos tener todo bajo control y porque alguna de esas cosas pueden salvarnos de colapsar. Más vale prevenir.

Durante el embarazo, ya empezamos a pensar en el “bolso”, lo tenemos listo unos meses antes y no nos abandonará por largo tiempo.

Al principio, llevamos pañales, cambiador, mamaderas, chupetes, leche y demás. Y a medida que nuestros hijos van creciendo, algunas cosas ya no las vamos precisando, pero se van incorporando otras. ¿Cómo? Por la experiencia: La primera vez que el niño corre por todo lados mientras vos estás en plena cola para hacer un trámite, aprendés que es imprescindible contar con algún juguetito o un par de dulces extorsionadores. Al rato, te das cuenta que necesitás una botellita con agua porque le dio sed. Después, requerís algo para limpiarle las manitos pegoteadas. Y así. Entonces, aunque ya no uses el bolso de maternidad, todos esos elementos deben entrar en tu cartera.

También pañuelos descartables, papel higiénico, toallitas húmedas, antibacteriales, alcohol en gel, repelente para mosquitos, muda de ropa, abrigo, algún antifebril, termómetro, curitas, esas cremas cicatrizantes y esas para las picaduras, algodón, galletitas…

Salir con niños no es tarea fácil. Pero aquí estamos, las madres, equipadísimas con sus enormes carteras para hacer frente a cualquier circunstancia.