Con la maternidad se pierde… ¡El asco!

Antes de ser mamá, jamás me hubiese imaginado las cosas asquerosas que hice (y a veces todavía hago) por mis hijos, que sin dudas no haría por ninguna otra persona y que incluyen vómitos, mocos y demás fluidos corporales. Inclusive me llamaba mucho la atención que las madres hablaran con tanta naturalidad de estos temas, hasta que un día me encontré a mí misma describiendo detalladamente la consistencia, el color y el olor de la caca de mi bebé.

Hasta empezó a sucederme que ciertas cuestiones que con anterioridad me parecían repugnantes, me comenzaron a causar gracia o risa, como las veces que mi hijo me mojaba con su chorrito de pis mientras le cambiaba el pañal. También, satisfacción y tranquilidad: por ejemplo cuando el bebé estaba molesto o inquieto y por fin lograba hacer “provechito” o largar un “gasesito”.

Entonces, la maternidad es un camino en el que una vive situaciones inmundas y, sin embargo, las naturaliza.

Una se acostumbra a salir de casa con la ropa en la que el babé regurgitó la leche, con ese olor agrio que ya no percibimos. Y se habitúa a cambiar y lavar varios juegos de sábanas en las que el niño descompuesto vomitó consecutivamente durante la misma noche. Y se adapta a limpiar pis y caca del piso cuando el pequeño está dejando los pañales.

Los ejemplos pueden ser miles, pero queda de manifiesto que son tantas las cosas que pensamos que nunca haríamos, hasta que nos convertimos en madres y el amor por nuestros chiquitos nos cambia todo.

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