Cara de fiebre: Cara de mamá preocupada

3 a.m.: Me despierto sin saber porqué. Voy a ver a los chicos. Uno con fiebre. No falla. (¿Instinto Materno?).

Entonces, empiezan días (y largas noches) de tos, mocos, termómetro, ibuprofeno y nebulizaciones…

Que duro es cuando nuestros hijos se enferman. Es una angustia indescriptible que se lleva por dentro, sin perder la tranquilidad y la sonrisa. Es una preocupación interna que va desde el primer 38°C hasta que cede el último síntoma. Es una sensación de impotencia, verlos decaídos, sin energía, sin hambre… y cuando son chiquitos, sin siquiera poder decirte con palabras qué les duele.

Pero una buena manera de compensar todo eso es con “Mimos Extremos” y comienzan jornadas enteras en la cama de mamá y papá, con pañito en la frente, mirando de nuevo la peli preferida y eligiendo la comida que tienen ganas de comer. También, adulaciones exageradas cuando se toman todo el remedio de supuesto sabor a frutilla y banana o puede ser la compra de un juguetito nuevo si se portan bien en el doctor. Además, busco cuentos, revistas, libros para colorear y me quedo horas con actividades tranquilas, intentando que hagan “reposo”.

Todo lo que pueda hacer para que se sientan un poquito mejor… Aunque parece que nada alcanza porque preferiría mil veces estar enferma yo y que ellos estén saltando, corriendo y gritando como siempre ¡Aunque me vuelvan loca!.

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